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Antes de que llegase el coronavirus llevábamos una vida muy agitada, con mucho estrés y sobre todo mucha contaminación atmosférica y un ambiente acústico insoportable. De repente y tras decretarse el estado de alarma las calles enmudecieron dejándose de oir el típico ruido del tráfico intenso al que ya muchos estábamos acostumbrado. Muchas obras urbanas quedaron paralizadas y ya no nos despiertan por las mañanas con la maquinaria. Pero hay algo curioso que sucede durante el confinamiento, los vecinos se conocen mucho mejor y ahora el aislamiento y las medidas restrictivas ya no parecen tan pesadas para todos. El hecho es que vecinos de al lado y de enfrente se comunican más, descorremos las cortinas porque no nos importa que nos vean, necesitamos más luz en nuestro hogar y salimos al balcón, ponemos la música más alta, cantamos a pleno pulmón desde el balcón y nadie se queja de los ruidos.

Hay un silencio atronador en las calles, un silencio ávido de ser oído, hay un silencio que duele al ver las calles desiertas de voces, que vigilan y que rompe la cuarta pared de nuestros balcones… De repente se han convertido en nuestro particular escenario desde donde sacar de nosotros mismos la creatividad más inusitada.

Con la cuarentena se han roto muchos paradigmas y han surgido paradojas que nunca podíamos imaginar ni llegar a comprender, además de las numerosas comparativas que se crean y se intercambian en las redes sociales y por el WhatsApo, en estos días estamos más concienciado de la higiene y la limpieza, al tener más tiempo nos percatamos también para apreciar que el ruido cobra otro significado en nuestras vidas.

Ahora ya no corremos las cortinas del balcón, ya no son pesadas porque las hemos dejado abiertas hasta que esta pandemia pase, esperando cada día a que sean las ocho de la tarde para oír los aplausos y acostumbrándonos al corre-corre en los pasillos de nuestro hogar de los niños. Niños que en muchos casos son nietos de los afortunados abuelos que resisten estoicamente al coronavirus. Unos abuelos que han demostrado su generosidad al entregar sus vidas después de jubilados al prestar su tiempo para el cuidado de sus nietos. Ahora esos abuelos echarán de menos a sus nietos y a los paseítos que hacían por el parque, pero no imaginamos cuanta soledad estarán pasando confinados algunos de ellos sin poder disfrutar de sus pequeños, en muchos casos solos y en silencio.

Lo único que esperamos con mucho fervor casi religioso es que cada uno de nosotros podamos volver a elegir nuestro momento de silencio y paz, un silencio que ahora es un castigo más que un beneficio. Volviendo a recordar y aferrarnos con aquél dicho popular de «más vale malo conocido que bueno por conocer», deseando que retorne el ruido del bullicio, el bendito escándalo del vecino y sustituyamos de una vez por todas los besitos y abrazos del Wasathp por los de verdad en persona.

El silencio del confinamiento en tiempos del coronavirus debe ser un bien preciado en algunas casas y un auténtico horror en otras. Después de que se pase el desconfinamiento, cambiarán muchos modelos de convivencia, pero también aprovecharemos para mejorar aquellos aspectos y detalles de nuestro hogar que mantenían nuestra intimidad y preservaban un poco de paz, imaginamos unas nuevas cortinas acústicas enrollables motorizadas, más efectivas, pero imaginamos también  un sigilo continuo y desesperado en el hogar de esa persona mayor que se ha quedado sola y que no tiene mayor sonido durante su larga jornada que la ansiada vídeollamada para ver a los nietos, que se alarga sin querer, mareo para los unos, momento del día para los otros. Los pasos en el pasillo en soledad, el chirriar de la ventana a la hora del aplauso. Nunca como ahora echábamos de menos tanto el ruido como en tiempos del coronavirus. Por ello habrá que estar preparados ante el estruendo que se nos vendrá encima cuando celebremos todos esa libertad tan deseada.